Varios factores me influenciaron a escribir esta columna bautizada como Música Para Camaleones en honor al prolífico músico, ensayista y cineasta argentino Rodolfo Páez quien hace un par de años en un concierto paró de tocar y se dispuso a leer uno de sus ensayos –Ensayo de Bobos – donde arremetía contra los críticos de música. Se refiere a quienes se dedican a este infame oficio como escuálidos proyectos de sociólogos que a decir de su abuelo no saben ni lavarse el culo. Inspirado por esta situación y además de que soy ¿o era? Un lector aferrado de reseñas musicales desde mi pubertad empezando con legendarias revistas nacionales como Conecte con todo y su olor a papel revolución amarillento y endeble incluso leyendo los ahora pieza de museo Fanzines que para quien no lo sepan eran revistas musicales hechas en casa por nerds musicales, escritas con máquina de escribir, después llevadas a fotocopiar y distribuidas en toquines o afuera de los tianguis comerciales. Inevitablemente desde esas publicaciones hasta la fecha en que leemos diariamente decenas de blogs musicales nos encontramos con las infames reseñas de discos.
A pesar de que las reseñas musicales se han ido organizando de mejor manera y ahora es posible encontrarlas prácticamente en cualquier medio impreso siguen careciendo de lo más fundamental, y es que al parecer son escritas por gente que no sabe de música para gente que no sabe de música y aparecen en medios que no saben de música. Simplemente los escritores de reseñas se dedican a emitir su juicio cargado de subjetividad y se limitan a escribir frases como “el disco está bueno” o la típica “cómpralo te va a gustar”. De esta forma pasan a convertirse en mis consejeros financieros y me dicen como ahorrar mis pesos –o en su defecto como gastarlos- además de convertirse en adivinos de mi camaleónico gusto musical. Los escritores no saben de melodía, ni de armonía, ni de rítmica, elementos simples como para referirse de forma certera si un álbum vale la pena o no.
De los inicuos escritores de reseñas en revistas mexicanas mejor ni hablaré, aunque existan honrosas excepciones como José Agustín o por el lado femenino Patricia Peñaloza, porque hay demasiados ejemplos y nos tomaría un capítulo entero de un libro. Del caso que si raya en lo absurdo y hay que mencionar es el de la revista Pitchfork la cual sirve de referente a muchos hipsters cazadores de tendencias en la música. Esta revista gusta de ridiculizar el trabajo de músicos arriesgados dándole puntos a sus álbumes en una escala del 0 al 10 siendo el 10 la más alta –la cual no se han dignado a asignar a una banda en muchos meses- y me refiero a que usan una escala en la cual hemos creído desde tiempos inmemoriales para decidirnos de forma atropellada si queremos o no saber de la banda en cuestión.
Como ya lo habrán intuido, no van a encontrar recomendaciones musicales banales del tipo “corre a comprar este disco” o “ este disco es malo” mucho menos vamos a calificar con escalas numéricas o con estrellitas a los álbumes. ¿De qué va la cosa por acá entonces? La cosa va simple y sencillamente de narrar mis experiencias cambiantes en el mundo de la música. La música como mi acompañante; la música como mi Hot Hot Sex dirían los Cansei de Ser Sexy; la música como musa inspiradora; como consejera; como amante fiel. La música sin fronteras, sin formatos preferenciales, sin discriminación, sin generaciones. Sirva pues esta inconformidad como protesta –disfrazada de introducción de esta columna- para que los críticos musicales se dediquen en forma y fondo a escribir de forma experta y profunda respecto a la noble labor de aquellos locos que deciden entrarle al vasto universo que es la música.

